Descubriendo Sintra y Cascais, Lisboa.

Al día siguiente de visitar Lisboa, nos fuimos a pasar el día a dos lugares muy diferentes entre sí pero con un atractivo y una belleza de cuento.

Empezamos el día bien prontito en Sintra y atravesamos su frondoso bosque subiendo su colina más alta para llegar al Palacio da Pena. Este palacio sorprende de primeras por su diferente colorido en toda su fachada. Lo construyó el Rey Fernando II para ser utilizado como residencia de vacaciones de la familia Real y se mantiene en perfectas condiciones, claro que también es relativamente “joven”.

En su origen fue un monasterio de frailes jerónimos y cuando se trasladaron a Belem, el rey Fernando II compró las ruinas que quedaron después de sufrir un terremoto y sobre ellas construyó lo que sería un regalo para su esposa, María II de Portugal. ¡Menudo regalazo!

De las cosas que más me llamaron la atención fueron una figura a la entrada de un medio hombre, medio pez y los azulejos llenos de color que cubrían sus paredes. 

Después de recorrer todos los rincones de este precioso palacio, nos fuimos a comer a Casa da Guía en Cascais. Casa da Guía es una zona preciosa donde podemos encontrar un palacete del s.XVII y una zona de restaurantes, cafés y tiendas que, al estar en lo alto del acantilado, te permite disfrutar de unas vistas sin fin.

Con la pancha bien llena hicimos una pequeña (y obligada) parada en el acantilado la Boca do Inferno, una cueva formada por las olas del mar y debe su nombre a su escalofriante forma.

Hay una leyenda sobre este sitio que quiero compartir con vosotros: hace mucho tiempo habitaba en un castillo de Cascais un terrorífico hechicero que un buen día decidió que era momento de casarse y escogió para ello a la doncella más bella del reinado. Como temía que al ser tan bella se la arrebatasen, la encerró en la torre más alta y ordenó a su guardián más fiel que la custodiase. Éste al conocerla se quedó prendado y entre ellos surgió el amor. Decidieron entonces huir y se dirigieron hacia la costa. El hechicero al enterarse provocó una tempestad haciendo que las rocas por las que pasaba la pareja se abriesen y, como si de una boca infernal se tratase, se los tragara para siempre. Dicen que en los días en los que el mar está revuelto se pueden oír sus gritos. 

Después de esta pequeña parada nos fuimos para el centro de Cascais, un pueblecito de pescadores que ha sido destino predilecto de artistas y aristócratas durante años. Pasamos una tarde muy agradable recorriendo su costa y callecitas del casco antiguo visitando sus tiendas. 

¡Un día completo! 

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